Desde hace ya varios meses, una de las palabras con la cual hemos rezado más, hablado y escuchado más, sin duda es la de MISERICORDIA. Y seguramente, seguiremos repitiendo y dejando que resuene y trabaje en nuestra vida, como experiencia de sumergirnos como en un río, que es el amor del mismo Dios.

Le pedíamos al Señor el año pasado en la Misa Crismal, la gracia de tener un corazón dócil, que nos salve de la esclavitud del corazón endurecido, y nos lleve adelante en la hermosa libertad del amor perfecto, que nos hace capaces de entregarnos plenamente y ser los amigos fuertes del Señor.

Una vez más, volvemos hoy a proclamar en el Evangelio una fuerte sentencia de Jesus:
"HOY SE HA CUMPLIDO ESTE PASAJE DE LA ESCRITURA QUE ACABAN DE ESCUCHAR".
Y estas palabras del profeta leídas por Jesus, ATRAEN TODAS LAS MIRADAS HACIA EL.
También nosotros con renovada y humilde voluntad queremos volcarnos hacia EL. Mirar a Jesus, mirar a Dios.

"Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre". El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra, dice el Papa Francisco al convocar al Año Santo. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesus de Nazaret. El Padre, rico en misericordia, después de haber revelado, su nombre a Moisés, como Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad, no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina.

En la plenitud del tiempo cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, El, envió a su Hijo, nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a El, ve al Padre. Jesus de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios.

Nosotros sacerdotes, por nuestra consagración ministerial, fuimos hechos otros Cristos. Llamados a ser testigos privilegiados de esa misericordia divina, necesitados cada día de ella para nuestra conversión, mendigos de misericordia para ser signos eficaces del obrar del Padre.

Fuimos ungidos y enviados. Hechos testigos de un misterio tan grande, con el cual tenemos que identificar nuestra propia vida.
Ungidos y enviados para liberar, para amar, para enseñar, para gastarnos en el servicio a todos.
Ungidos y enviados para consolar.
Ungidos y enviados,...., para ungir también.

Es propio de Dios, usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia. "Paciente y misericordioso", es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. "El perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias, rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia" (salmo 103). "El Señor libera a los cautivos, abre los ojos al ciego y levanta al caído, protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda, ama a los justos y entorpece el camino de los malvados" (146). "El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas, sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo".(147).

Así, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual El, revela su amor, que es como el de un padre o una madre, que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo.

Nos toca entonces, mirar a Jesus. Aprender de Él. Detener nuestra mirada como aquel día ocurrió en la sinagoga de Nazaret. Somos testigos del Resucitado que obra con infinita misericordia, porque El es la MISERICORDIA.
Necesitamos acudir a su gracia, para que renovando nuestra vida consagrada ya desde el Bautismo y puestos como servidores del Pueblo santo de Dios, por nuestra ordenación sacerdotal, anunciemos al Salvador con nuestra vida, y si es necesario también con la palabra.

"Que con nuestra entrega generosa les mostremos a los pobres y a los que sufren, a los débiles y a los solitarios, que grande es tu deseo de amarlos. Como en su pobreza y dolor Señor Bueno, tenes sed de ellos, y nos atrevamos a servirte a Vos, escondido en la persona de los despreciados y dolientes, de los pequeños y los más necesitados."

Es este Espíritu Santo, que está sobre Jesus, el que sigue guiando a la Iglesia, que sigue escribiendo la historia, que sigue escuchando el clamor de su Pueblo, que sigue tocando corazones para consolar y misericordiar. Espíritu Santo que consuela y transforma, renueva la vida y nos hace capaces de misericordia para sanar las heridas de sus hijos.

"Señor, enseñanos a nosotros consagrados a transmitir ternura, a cuidar con cariño, a contagiar la fe, a sembrar esperanza en el corazón de los hijos que nos confías. Libéranos del desencuentro, del individualismo cómodo, de la ambición desenfrenada que nos separa, del olvido egoísta, del reproche que lastima. Que aprendamos a acompañarnos en el duro camino de la vida, y que encontremos la alegría de vivir en familia.
Que crezcamos cada día en el amor a esta familia y a esta tierra pampeana, que es nuestro Pueblo. Danos una entrega generosa y alegre a todos los hermanos. Que tengamos un espíritu de reconciliación y comunión entre nosotros como servidores de tu Pueblo, hecho nuestro."

"En este día tan especial para nosotros sacerdotes, te pedimos Señor, la gracia de ser pastores según tu corazón misericordioso."


"Ha llegado de nuevo para la Iglesia, el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza. (MV10).

" En este Jubileo, la Iglesia esta llamada a curar aún más las heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención.
El Papa nos advierte que no debemos caer en la INDIFERENCIA QUE HUMILLA, en la HABITUALIDAD QUE ANESTESIA el animo e impide descubrir la novedad, en el CINISMO QUE DESTRUYE.
INDIFERENCIA - HABITUALIDAD- CINISMO. Tres palabras muy fuerte que usa el Papa.
Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de dignidad y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos, estrechen sus manos, y acerquemoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad, de nuestra fraternidad. (MV15).

Cuantas y cuán sagradas cosas el Señor nos confía. Cuántos hombres y mujeres de nuestra tierra, el Señor nos anima a pastorear.

Cuando miro mi pequeñez y la de mis hermanos sacerdotes, nuestra condición de hombres de barro, contando con tantas miserias y fragilidades pero con un corazón que quiere amar como Jesus, necesito pedir perdón. Y quiero hacerlo hoy en nombre de mi presbiterio y frente al Pueblo en ustedes representado. Sepan perdonarnos. Sean indulgentes con nosotros, sean compasivos por tantas cosas que no sabemos hacer o hacemos mal, por la falta de un testimonio como debiera ser nuestra vida de consagrados. Sepan perdonar nuestras miserias y ayúdennos a ser padres, ayúdennos a sostenernos en esta enorme vocación de servirlos, para que podamos también nosotros ayudarlos en el camino del cielo. Recen siempre por nosotros, lo necesitamos. Nosotros lo hacemos por ustedes.

Siempre, pero particularmente durante este año, los sacerdotes, somos llamados a ejercer el ministerio de la confesión, el servicio de la reconciliación, para nosotros y para todos.

Al hablar a los confesores, el Papa les decía. Los buenos confesores, se sienten pecadores, y delante de la grandeza del Señor, rezan. Y porque saben rezar, así saben perdonar. En cambio cuando uno se olvida de la necesidad de perdón, lentamente se olvida de Dios, y se olvida de pedir perdón y no sabe perdonar. El humilde que se siente pecador es un buen perdonador en el confesionario. El que no sabe perdonar, es un gran condenador.

Cuando alguien llega a confesarse, viene a buscar fortaleza, perdón y paz. Que encuentre un padre que lo abrace y le diga "Dios te quiere", y que se lo haga sentir. Sean hombres de perdón, de reconciliación, de paz. Cuando creamos que "perdonamos demasiado", vayamos ante el sagrario y digamos a Jesus: "hoy perdone demasiado, pero fuiste vos el que me dio el mal ejemplo", pero no dejemos de perdonar.

Le pido especialmente al Padre de la Misericordia, para nosotros sacerdotes, no nos cansemos de perdonar en nombre suyo, seamos pacientes y mansos como el Maestro, humildes para reconocernos también pecadores mendigos de la misericordia infinita.

Que María nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios, dejándonos mirar y abrazar por Jesus.

+ Raúl Martín